El amor en tiempos de perder el tiempo
Estas tres historias hay que leerlas escuchando primero esta canción y después escuchad la que encontraréis al final. La clave de todo está en las letras.
El primero llegó como llegan los resfriados en primavera: sin avisar, sin pedir permiso y convencido de que iba a quedarse una buena temporada. Era, en teoría, el amor de tu vida. O eso creías tú, porque él nunca pareció demasiado enterado. Tenía esa aura de chico bueno que te hacía pensar que si te quería a su manera, aunque esa manera fuera a medias, era suficiente. Así que aguantaste. Le dabas explicaciones a tus amigas, te convencías de que "bueno, es que él es así" mientras ignorabas que así significaba que no te ponía nunca en primer lugar, que nunca se emocionaba al verte llegar y que tú estabas invirtiendo en un amor que ni siquiera tenía rentabilidad emocional.
Te aprendiste de memoria todas sus pequeñas manías, intentaste encajar en su vida como quien juega al Tetris sin huecos, y esperaste. Esperaste a que un día se diera cuenta de que eras su mejor opción, de que todo sería más fácil si él solo te quisiera bien. Y claro, nunca pasó. Un día, después de una conversación en la que te dijo que te quería “pero no como tú querías que te quisiera”, se te encendió la bombilla: hostia, qué pérdida de tiempo. Y te fuiste. Y dolió. Pero no tanto como haber seguido esperando.
El segundo llegó como llegan los accidentes de tráfico: a toda velocidad, sin darte tiempo a reaccionar, y con la certeza de que algo iba a salir mal. Fue un amor de los que te despiertan con mensajes a las tres de la mañana, de los que te hacen sentir euforia y ansiedad al mismo tiempo, de los que te hacen preguntarte si estarás alucinando cuando, después de haber jurado que nunca había sentido algo así por nadie, desaparece durante una semana sin dar explicaciones.
Te volvió loca. Te hizo hacer cosas de las que luego te reirías con tus amigas: analizar capturas de pantalla con lupa, obsesionarte con signos zodiacales como si eso explicara que te tratara como un yo-yo emocional, decir cosas como “cuando estamos bien, estamos muy bien” aunque la mayoría del tiempo no estuvierais bien. Era un amor de montañas rusas, de subidones y bajones, de adrenalina barata que confundiste con intensidad. Y cuando se acabó, porque estas cosas siempre se acaban, te diste cuenta de que no te había roto el corazón: solo te había agotado. Y qué paz, oye.
El tercero… Si los otros fueron terremotos, este fue el primer día de primavera después de un invierno que se te había hecho eterno y en el que se te habían dormido hasta los dedos de los pies de todo el frío que has pasado.
Y lo mejor es que su llegada fue totalmente inesperada. La historia de cómo os conocisteis es de las que te hacen pensar que el universo tiene sentido del humor y que te pone un poquito a prueba. Pero la primera vez que te tocó el cuello –de una manera tan terapéutica que te dejó en blanco durante un segundo– supiste (sin saberlo) que algo empezaba ahí. Que por primera vez en tu vida, un contacto tan simple significaba más que cualquier frase rimbombante que te hubieran dicho antes.
Y a partir de ahí, todo fue fácil. Nada de fuegos artificiales ni promesas grandilocuentes. Solo sinceridad. Solo estar. No hubo juegos, ni esperas eternas (solo en algún aeropuerto y por culpa de Herminia), ni conversaciones que te dejaran con la cabeza hecha un nudo. Todo era suave, como si, después de haber probado amores que te dejaban sin aire, por fin alguien te dejara respirar.
Fue el primero que te hizo sentir que querer no es un examen que tienes que aprobar con sobresaliente. Que no hay que ser perfecta, ni tener siempre la respuesta correcta, ni calcular cada palabra para que el otro no se asuste. Con él entendiste que el amor no tiene que doler ni ser un rompecabezas imposible. Que no hay que estar en constante alerta, esperando el próximo bajón, la próxima desaparición, el próximo "no es el momento".
Fue todo lo que pediste en voz alta, y en silencio, durante tanto tiempo. Y lo mejor de todo es que, cuando llegó, por primera vez en tu vida no tuviste miedo.