El cierre no está en un mensaje (ni en 254 conversaciones)

Este finde lo he pasado con una de esas personas que son un poco ángel de la guarda, un poco hermana mayor, un poco luz en días nublados. Llevamos nueve años enredadas en la vida de la otra, y aunque no vivimos cerca, siempre nos sentimos cerca. Ella es de esas personas que te escuchan sin prisas, que te dan un punto de vista que no habías considerado, que te ayudan sin pedir nada a cambio y, sobre todo, que no te juzgan.

Este finde hablamos de muchas cosas, pero hubo un tema que se quedó revoloteando en mi cabeza: el perdón. Le contaba que había re-aprendido algo importante, algo que tenía un poco olvidado, y es que no necesito perdonar a nadie más que a mí misma. Que llevaba años enfadada por una historia concreta sin darme cuenta de que la rabia no iba dirigida hacia fuera, sino hacia dentro. Que no fue hasta que me reconcilié conmigo misma y entendí que había actuado bien—que no tenía por qué culparme por cosas que me pasaron y que, objetivamente, no provoqué yo—cuando pude estar en paz.

El perdón es curioso. Me parece un acto de amor y valentía, pero también un acto complicado, de esos que requieren que te remangues y te pongas a hacer obra dentro de ti. Duele, pero cuando llega, se siente bien. Aunque hay perdones que se atascan más que otros. Porque, a veces, no te perdonas porque alrededor hay un coro de personas diciéndote que qué paciencia tenía X contigo. Como si esa fuera la historia. Como si el foco estuviera ahí y no en preguntarse por qué te convertiste en una persona tan insegura, por qué te apagaste de esa manera, por qué arrastrabas una tristeza tan honda que nadie parecía notar (o que no querías que se notase). Como si, en vez de juzgar tan a la ligera, hubieran prestado un poco de atención, quizá habrían entendido de dónde venía parte de tu depresión. Y qué mal gusto tiene hacer ese tipo de comentarios, qué imprudente es hablar desde fuera, sin saber lo que pasa entre dos personas. A veces no cuentas ciertas cosas porque no quieres que nadie juzgue a la otra persona, y es por eso que algunos perdones son tan fastidiosamente difíciles.

Y qué importante es cuando has cerrado algo así, que te de igual quien te diga algo del tiempo récord, porque nunca sabrá el luto que has pasado, porque nadie debería juzgar los tiempos de los demás, porque ese perdón quizás llegó y te ayudó cuando más lo necesitabas. Porque quizás hacía ya mucho, mucho tiempo, desde aquel 1 de septiembre de hace tanto, que tendrías que haberte perdonado.

Y en medio de este proceso, como si el universo estuviera de acuerdo conmigo, llegó una canción a mi vida. La escuché por casualidad, o porque tengo mucha suerte, o porque los astros decidieron alinearse para que tuviera la letra antes de tiempo delante mí. Mejor* de Merina Gris.

Tenemos la mala costumbre de buscar los cierres fuera. Creemos que un mensaje larguísimo puede darnos paz, que si logramos que la otra persona nos escuche, nos dé explicaciones o nos pida perdón, entonces podremos cerrar esa historia. Pero no. Los cierres no vienen porque le digas a alguien que no te quiere escuchar lo mucho que te ha dolido. No vienen porque esa persona, con su crueldad o su indiferencia, te conteste con un “no sé qué quieres que te diga”. Los cierres no dependen de ellos, dependen de nosotras.

Y esta canción me ayudó a cerrar. No solo esta canción, pero desde hace diez días no paro de escucharla. Y tengo unas ganas enormes de vivirla en directo, porque ha hecho por mí más que 254 conversaciones.

Porque, al final, el cierre no es un mensaje, no es una respuesta, no es siquiera un adiós. Es un momento en el que, sin darte cuenta, te das permiso para soltar. Es la certeza de que no necesitas que nada externo valide tu dolor ni tu historia. Es el instante en el que, después de tanto buscar, te encuentras a ti misma al otro lado. Y, joder, qué bien se siente.

Ane Fano Dadebat2 Comments