Admiramos y tememos
(Texto inspirado en las 200 veces que he escuchado y analizado y pensado en: Girl, so confusing de Charlie XCX)
Porque a veces querer a otra chica es también compararse, competir en silencio y desear —muy bajito— que tropiece un poco. Y qué culpa tan absurda sentimos después.
Querer a otra chica no siempre es limpio. A veces la admiración viene acompañada de celos pequeños, torpes, que no sabes dónde guardar. A veces ser amiga es también compararte sin querer, y quererla sin poder evitar medirte. Lo confieso: me encantaría no sentirlo. Pero lo siento.
Ser chica es raro. No sabría explicarlo de otra manera. Es habitar un espacio constante de contradicciones, donde cada emoción viene acompañada de su reverso. Donde la admiración convive con la envidia, la cercanía con la competencia silenciosa, y la ternura con el miedo a no estar a la altura. A veces me descubro admirando a otras chicas con la intensidad de quien quiere aprender de ellas, absorber lo que las hace especiales; pero, al mismo tiempo, hay una voz bajita —cruel y torpe— que me susurra: ojalá falles. Ojalá tropieces, aunque sea un poco, aunque solo sea para recordarme que tú también eres humana, que detrás de esa seguridad y ese talento y esa facilidad para brillar, también te duele algo. Me avergüenzo al pensarlo, porque sé que es mezquino. Pero ser chica también es lidiar con esas pequeñas mezquindades que nacen, muchas veces, de la inseguridad y el cansancio de no sentirte suficiente.
Nos pasamos la vida comparándonos. Ellas y yo, yo y ellas, todas frente a un espejo donde no termina de quedar claro quién es el original y quién es el reflejo. Nos dicen: sois iguales. La misma melena, la misma forma de mirar, la misma energía. Y yo sonrío porque qué otra cosa puedo hacer, pero por dentro se me instala el miedo. Si somos iguales, ¿eso significa que también compartimos las grietas? ¿Que también lleva dentro ese mismo nudo que yo intento disimular cada día? Me gustaría poder sentarme frente a otra chica y no sentir esa tensión subterránea, ese hilo invisible que nos conecta y nos separa al mismo tiempo. Hablar sin medir cada palabra, sin preguntarme si me escucha o solo espera a que termine para contarme algo que la haga brillar más. Sin sospechar si, detrás de cada halago, hay una comparación disfrazada. Porque yo también lo hago. Yo también he dicho “qué bonito te queda ese vestido” mientras pensaba: ojalá me quedara a mí así. Yo también he escrito mensajes cariñosos desde la envidia más estúpida. Y me duele.
A veces me pregunto si esto es solo cosa mía. Si las demás chicas también sienten este vértigo de estar siempre mirándose unas a otras sin saber muy bien si la emoción que las une es cariño o competencia. Si ellas también se imaginan un mundo donde las otras son mejores, más listas, más bonitas, más exitosas. O si algunas han conseguido escapar de este bucle y miran a las demás sin esa sombra. Me gustaría creer que sí. Que hay chicas que simplemente son amigas. Que se miran y se alegran y se sostienen sin dobles lecturas. Pero la verdad es que no sé si alguna vez llegaré a ser una de ellas.
Ser chica es raro. Es raro, y a menudo, es agotador. Es un bucle constante de espejos rotos, de querer y no querer ser la otra, de admirar y temer, de acercarse y sentirse lejos. Hay momentos en los que pienso que no debería doler tanto. Que debería ser más sencillo. Que deberíamos poder mirarnos sin ese peso. Pero luego me acuerdo de todas las veces que me he sentido pequeña al lado de otra chica, y de todas las veces que he querido ser grande para que no me vieran pequeña. Y entiendo que es complicado desaprender eso.
Ojalá un día sentarme frente a una chica y solo ver a una chica. No un espejo, no una amenaza, no una versión mejorada o peor de mí misma. Solo una persona. Y poder quererla sin miedo, sin comparaciones, sin desear ni por un segundo que tropiece. Poder ser amigas de verdad, sin la ansiedad subterránea de medir quién brilla más. Porque al final, lo único que debería importar es la luz que compartimos, no quién la lleva puesta. Pero hasta que llegue ese día, solo puedo decirlo: ser chica es raro. Y a veces, duele.